Historias de lo inasible



Triste epistoladura de un adiosamiento

Te voy poniendo en avisación de que me fui. Es para evitar sorpresaciones y reclamaduras incorrespondientes, con anacronicidad; una advertización a tiempo siempre será la mejor prevedura. Al menos esa es mi veedura. 

Mi retiración, claro, da obedeceduría a raciociniamientos; no es la encaprichadura obstinaz de un ánima empenada por el despechamiento.

Nos hemos ido desapalabrando poco a poco, no sé cómo, y el no sabimiento o la ignoración nos corroyó, como hace el agua en su depositación constante. Ya desencostrados y desprovistos de malaquita -nos desmalaquitamos: recuerdo haber hecho la comentación en su momento-, fue la desnudación y el autodestierro. Descortezados vímonos no irisados sino nuclearmente tormentosos.

Verdaderosamente, no es que nos hayamos tanto desapalabrado cuanto que nos comportamos con verbosa contrariedad, negacionando las palabras originales, que quedaron en escondimiento: queriendo decir una, decíamos otra. Cuando bienmente nos entendiéramos con dos... 

En fin, me ausencio. Qué digo: me ausencié ya. Qué digo: fue la alejadura nuestra condición, y no hubo ya, creo que nunca, disfrazación que nos suficiente.

Sabrán los astros si haya futuro reencontramiento; corresponde a los misterios del sino, y si no hay sino que no valga. Quizás nos encontremos en cada reidura; mientras tanto, el señor es testigo de mis lloridos. El señor mi vecino, digo.

Siempre te estaré sentimientando.


..


Hola hola


Hola, no, venía a reclamar al Universo.

No, resulta que hace un par de décadas o más pedí unos deseos y los dejé, confiado. Lancé, no sé cómo se dice.

Bueno, que así me dijeron, que los ponga y lo olvide y que coseche sus resultados. 

Sí, yo a la confianza la puse y al deseo también. Hay testigos. Sí, sí, también me dispuse anímicamente.

Capaz son tres las décadas.

Bueno, eso, que no pasa nada: que no soy rico ni bello y la que te dije se envejeció a mi mismo ritmo, y ni bola. 

No, lo de millonario no me llegó.

No se escucha bien.

No, quería saber cómo va eso, porque acá yo estoy moribundo, y nada. Me habían dicho que había que tener ganas, y tuve.

Sí, esperar esperé, si no hice otra cosa. Si por eso le llamo.

Ah, que no le puse actitud y disposición, claro. 

Y sí, qué descuido. Yo creo que disposición sí, capaz que me faltó sacar pecho pero bueno.

No, yo pensé que tenía que olvidar el asunto expectante y a brazo abierto. Claro, era a medias, olvidar pero como que no. Para mí eso es expectante. Sí, ahora entiendo. Tarde pero entiendo.

No, no hay problema, muchas gracias por la amabilidad.

Qué va a hacer, otra vez será, no?

Pero no por favor.


..


Perdidas


Mi padre era de contar, como si fueran mentiras, verdades. 

Una extraña e impráctica habilidad, de doble fondo.

Particularmente en las historias de amor se esmeró.

Contó una vez de cuando vino la Mari -la linda del barrio, más por escasez de oferta que por virtud- y le esperó en la bajadita de la casa, entre el banano y la marimoña, con una pastafrola en el regazo, recién hecha. Apenas llegado de la calle, quiso él trepar lo que ahora era subida y no va que el pie derecho le resbaló en lo que ahora era bajada, por lo que, por dedicado a caer, le metió un cabezazo en medio del pecho a la musa, cual Zidane, atorándola y viendo poco delicado sobarle las partes en público, con lo cual ahí mismo el amor se desmereció y retrajo. No se sabe si por golpe o por falta de sobamiento.

Manso cabezazo le pegó a la enamorada en el esternón.

Creo haber sido testigo, por vaciador de mates en el patio de adelante, de esa situación, mas no pongo las manos en el fuego por mi testimonio.

Como sea, lo que fue, fue, y considero que un acto de justicia poética, ya que, como se sabe, la pastafrola, que pervivió más que los sentimientos y con impiedad la comimos, es de quedarse estancada en el pecho, mayormente la de membrillo, que no hay quién la mueva del plexo solar.

Contó en otra ocasión de cuando se enamoró en el Gran Capitán, camino a Posadas y, sentado a declamar, sería en Concordia, le agarró tos, y ya no pudo decir nada. Los ojos ardientes de una paraguaya le vieron retirarse y, según testimonió, no dejó de hacerlo, toser, hasta Encarnación, pues que se había pasado la frontera.

No dudo en nada de lo que haya dicho, y, en tanto heredero, entendí el mecanismo: en cuestiones de amor, Octavio contaba las perdidas. Ganada tenia una sola.

Un gesto de humildad impensado para un leonino, pero no de grandeza, pues que al triunfo no necesitaba mostrarlo, y el silencio era ofrenda.

No me costó reproducir el sistema narrativo, ya que sólo tuve perdidas y con enumerar me bastó.

Contar verdades como si fuesen mentiras consiste en tener una vida interesante.

De cuando por dar un paso atrás pisó al loro más querido de los Smitarello contaremos otro día.


Se despierta

No sé cómo llegar a Puerto Sánchez; me traen y no presto atención. Tampoco sé si quiero ir, pero a veces voy, por la misma razón. Esta vez voy más inclinado hacia la derecha que lo habitual, hablando de algo. Entiendo por hablar a que alguien me habla y yo escucho. La inclinación en una calle que va girando en curva pronunciada me hace sentir que estoy del lado de la tierra en que las personas habitan cabeza abajo. Una curva pronunciada es una que al nombrarla se dice con cuidado sonido dentilabial la ve corta. Una casa en lo alto es el centro del giro pedestre. De mi lado ciego sospecho agua tras una cuesta mediada por pájaros y con gente minúscula al final. Bla que te bla va la compañera diciendo que la casa está abandonada. Huele a pescado. No ella, sino el aire. Seguimos girando y la casa permanece en el centro, como queriendo decir algo. El sol es bueno y constante; pasa gente en bicicleta. Como es habitual en todo extranjero, canturreo Se despierta Puerto Sánchez como si acabara de descubrir la relación. Las demás casas van pasando; la abandonada permanece. Tiene una escalera de cemento, ancha; en lo alto la puerta parece una boca. Nuestro andar es mortecino y desganado; creo hacer un homenaje a lo paranaense en la laxitud, pateo un pedruzco. Seguimos avanzando en círculo: una manera dinámica de no avanzar; casas y casitas, menos una, aparecen y se van Probablemente, sí, me atrevería a entrar, digo, si bien no veo motivo ni promete encanto. Por las calles perpendiculares doblan colectivos en otras curvas, con poco escándalo. La casa estaba llena de flores.


Diario de cuarentena 


̶C̶e̶r̶i̶d̶o̶ Querido diario

Eh. Qué te iba a decir.... 

Bueno, se me fue. No sería muy importante.

¡Ah, sí, que.../No, eso ya te conté.

Acá sin novedad, más sin  ̶n̶o̶b̶e̶d̶a̶d̶ novedad que nunca. Cierto que la falta d novedad no es novedosa, pero ya se pasan.

Al principio era más  ̶e̶n̶t̶u̶s̶i̶a̶s̶m̶ prometedor, pero fue todo fuego de artificio. Hiede la anodinia y hace de más muncho frío y todo parece in ̶b̶vitar a la repetición.

Ya recorrí en la memoria mi vida tres veces y no saqué nada bueno. La cebolla está grande y gorda.

Hoy la vi aNo, nada. Venden una oferta de salame y queso, por decir algo. Con papas fritas se te va a 500, conviene.

No hay quietud completa ni agitación suficiente ni cosa intermedia. Alguien en el conurbano pintó una mesa, otro suspendió de aprender francés y otre encontró la manera de hacer lo mismo con medios menores por les las mismas causas. 𝒎𝒖𝒆𝒓𝒕𝒂𝒔. Una baila en soledad y quien no engorda, muere de flacura. Ambos lamentan, con distinta experiencia y vara. <-𝘱𝘶𝘯𝘵𝘰 𝘺 𝘢𝘱𝘢𝘳𝘵𝘦.

Disculpame, no sé para qué te molesto.



Tarde lúdica 


Palabras que, por no tener nada que hacer, se ponen a decir, se pusieron a decir.

En grupos de hasta diez o más mas nunca menos de una, se agrupaban y separaban; a veces repitentes, a veces no. Como niños azarosos, cual palomas petulantes atareadas chusmeando en un cemento.

Dos, tres, siete; cómplices establecían alianzas y se enemistaban desprolijas en un patio no lo bastante cercado. Me siento y las miro, con cuidada pero cercana distancia.

Mero describen, parece, por ahora. Pretenden maravilloso a lo dado. Cínico río en el cordón cuando enumeran lo existente y el obvio evento. Ah, sí, lo amanecer, la parábola de una hoja, el espacio entre el agua y el cielo, vaya novedad. Siguen ahí. Que el eco de una voz, mirá vos, de la plasticidad del tiempo y la largura del amor. Dele que dele: un burocrático inventario...

Se ponen a ponerse mentirosas, quizás por hastío o maldad, y empiezan a fabular. 

Que lo amanecer, que la parábola de una hoja, que el espacio entre el agua y el cielo. Que el eco insólito de una voz conocida. Será que hieden. Ay, que la largura del amor.

Me retiro indignado y un poco herido, pensando en cuentas. Barranca abajo se despeña un olvido.

Sin temor a equivocarme vaticino que mañana será otro día.


Y dijo

Y no olvidadéis

Sé como el fresquete del suave cierzo cuando haga de más muncha calor

Como la lengua brava del simún si os andáis cagados de frío hasta las patas y no encontráis vuestras partes

íntimas. Ponéos, si acaso, medio catorce

Sé como el ave que en el aire evacua sin pudor ni miramiento y dios le quiere igual

Sed como la sed que no cede ni ante la seda ni le seda ni le hace cesar la muerte. 

No os preocupéis si a le amade le jedió la guasca; elle no os pertenece y además ya se veía que os iba a joder; sólo tu no os disteis cuenta, gandul. Suelta. Suelta el pasado, suelta el llanto, suelta la risa. Bueno, suelta, que era metáfora.

Así fueron las últimas palabras del maestro, antes de retirarse, túnica naranja al viento.  Parece que después se vio que dejó a varios ensartados y que andaba por concordia, ya con otro nombre. Sabanablanca Silvaenandas o algo así. Murió atorado por tanto querer hablar en castellano y enredarse con los verbos. Entre eéis, óis, iís y áosles se apagó una  tarde en que estaba conjugando el verbo solidarizar en modo imperativo.



Cuarentena


No sé muy bien qué sentir. Al tanteo hago la mímica de algunos sentimientos que me acuerdo, y vamos viendo. Fórmulas, de palabras que acomodadas de determinado modo, decían algo y despertaban o contenían reacciones y justificaban relaciones. Lamento no haberlos sentido a todos antes sino a cuentagotas y a algunos no en su completa extensión, si no el repertorio sería un poco más amplio, si bien no menos falso. 

Como del otro lado parece pasar lo mismo, de gente haciendo memoria por recordarse, mucho no me preocupo. 

No sé bien cómo sonaba mi nombre dicho por alguien que no fuese yo -que no suelo hablarme-, se me va borrando. Se me voy borrando.

Las escamas empezaron en el brazo derecho, y ya van subiendo por el izquierdo, se me va poniendo cara de malo.

Hace un ruido metálico a pez cuando me paso los dedos. Para qué caminar, si así igual me desplazo, digo, chocando una costilla con la puerta abierta, por la que entra una luz sin sentido, y unos seres pían, y otros sonidos. A esto se le llamaba gemido; a esto, risa: no veo la diferencia. Un grafo vertical, uno horizontal decían lo que siendo sonido sería forma y siendo forma sensación. Hubo antes algo erótico en existir, me falta el oxígeno. No estoy sabiendo si soy flan, planta o reptil, si nadie me lo dice. Alcanzo a pensar que mi desaparecer le ganará al levantamiento, pero ya es... 

No sé: tarde, temprano, libélula, apostasía, estrépito, qué quieren decir esos sonidos, qué significa pan? 

-Llévenselo.







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L

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